
"Irma Gutiérrez"
Santiago López Maguiña
UNMSM
U. de Lima.
Otro de los poemas de Juan Ramírez Ruiz que aparece en las antologías es “Irma Gutiérrez”, que se halla en su primer libro. He aquí el texto.
Irma Gutiérrez
(Aún sucede)
No sé si habrás ido
a la fiesta que me invitaste, Irma Gutiérrez.
No sé qué será de tu vida.
Dos veces he querido llamarte por teléfono.
Pero me ha brotado mucha luz en estos días Irma
y ahora tengo reunidos
los rostros que imaginé para ti
allá en el jardín ofrendado a los enfermos.
Me ha brotado mucha luz en estos días
y mis ojos, mis ojos de chisco quemado eran verano de Papayal,
30 de enero en Guayaquil o el uso de una chompa de alpaca hoy.
¡Irma! ¡Irma! Debes estar impaciente
en la clínica andarás aguardando mis llamadas
o irás a la sala de recepción. Te preocuparás.
Pero ahora he terminado y
voy a llamarte al 233000 y si no estás te buscaré.
Y te voy a encontrar para que nadie diga
que es imposible
la amistad en este mundo Irma Gutiérrez.
Hay un verso que ha motivado mucha conversación entre los amigos: “mis ojos de chisco quemado eran verano de Papayal”. Chisco es nombre de un tipo de calandria que habita entre el Ecuador y el sur del Perú, hasta los 2,500 metros de altura. Ignoro si difiere de las famosas calandrias que pueblan los relatos de José María Arguedas. Este es un asunto que merece la pena averiguar. Mientras lo hacemos nos llevamos por el acento que el poema pone en la expresión “chisco quemado”. Hasta tanto no contemos con información exacta presumimos que el adjetivo quemado predica el color del ave. La expresión, por tanto, referiría a un ave oscura. Sería de gran valor si tuviéramos conocimiento de la narrativa oral relativa al chisco. Por desgracia no contamos con esa información. Nuestra lectura por eso tiene un carácter muy incierto a este respecto. De todas maneras formularemos alguna hipótesis. El sintagma “mis ojos de chisco quemado eran verano de Papayal” remitiría a una calandria oscura. Pero el adjetivo “quemado” quizás se relacione con un ardimiento, lo que estaría en concordancia con la luz que brota del cuerpo. Si ese fuera el caso lo luminoso surgiría del fuego en un escenario rural o salvaje, que de una materia en combustión o de un ser natural que tiene propiedades para emitirlo, como la luciérnaga. No perdamos, sin embargo, de vista la totalidad del segmento “mis ojos de chisco quemado eran verano de Papayal”. En él se establece una equivalencia entre los “ojos de chisco quemado” y el “verano de Papayal (…) en Guayaquil”. Gracias a esta igualdad el acento de lo luminoso se extiende así mismo sobre el estado térmico del calor propio del verano en el norte del Perú y en la costa ecuatoriana, la que puede traer consigo una sensación de sofocación y tal vez de agobio. Tal sensación explicaría su condición de obstáculo para que el sujeto se encuentre con Irma Gutiérrez, mujer con la que mantiene una relación afectiva y que podría encontrarse en una clínica por hallarse enferma. El poema no lo aclara. Uno puede suponer también que la referencia al hospital privado donde se ubica a Irma Gutiérrez fuera el lugar donde ella trabaja. Pero el acento puesto en la urgencia de verla hace presumir que se halle allí porque padece de alguna dolencia que requiere tratamiento médico.
El sujeto entonces se ve impedido de acudir al encuentro con Irma porque no puede manejar la luz que le brota y el calor agobiante que experimenta. No hay muchos elementos en el poema para establecer si el brote de luminosidad es físico o es simbólico. Únicamente se menciona que al final de esa experiencia el sujeto tiene “reunidos los rostros” que ha imaginado para ella. De allí se puede colegir que el brote de luz tiene una naturaleza productiva: de ella resulta que lo imaginario se convierte en real. Los rostros imaginados se han tornado rostros efectivos. ¿Acaso Irma no tiene rostro? ¿O muy simplemente padece algún daño que ha de repararse? Se puede convenir que se presente alguna indisposición de ese tipo en concordancia con las menciones al centro médico y en conexión con los significantes concernientes con la enfermedad que aparecen en el poema. En ese contexto el sujeto parece haber alumbrado un objeto (los rostros) reparativo que busca otorgar a Irma, el otro sujeto. Pero, ¿cuál es la razón que al mismo tiempo la luz que brota del cuerpo del sujeto sea un obstáculo para cumplir con tal deseo? Ya lo dijimos la luz es agobiante por el calor que produce o que está asociada a ella. Ahora podemos postular que la luz que hace posible los objetos reparadores es una luz excesiva, que impide que los objetos por ella creados lleguen a su destino. Claro, todo podría hacerse más claro si postuláramos que la luz y el calor representan la poesía, y de allí derivar una serie de interpretaciones que sería ocioso repetir aquí por lo conocidas. Pero al mismo tiempo de acuerdo a la poética que Juan Ramírez Ruiz y Jorge Pimentel proponen hay que leer su poesía literalmente. Esa luz por eso no es simbólica. Es una pura luz. He aquí, sin embargo, que el sujeto aparece siempre en los poemas de Juan Ramírez Ruiz y de los autores que pertenecen a Hora zero en el rol de poeta, que es un actor excepcional, capaz de hacer cosas maravillosas. Siguiendo esa trayectoria temática y asumiendo una clave de lectura realista la luz que brota del poeta, es una luz relacionada con la poesía y así tendríamos que volver a las interpretaciones obvias que nos hemos guardado de explicitar. La luz excesiva es la poesía que al mismo tiempo de hacer posible la transformación de lo imaginario en real, impide que el fin de esa transformación se realice.
La figura de la luz como expresión de poesía es bien conocida y hasta como figura que obstaculiza el logro de una meta, la captación de un blanco de mira. Lo que es completamente nuevo en el poema, lo que destaca por su presencia sorpresiva son los “ojos de chisco quemado”. Esa aparición es totalmente inesperada y marca el ingreso de la naturaleza y de lo rural en un poema cuya narración se despliega en un mundo urbano. Allí parece concentrarse la luz que brota del sujeto. Allí parece también alcanzar su máxima intensidad. Es más allí ha quedado impreso el mundo en el que ya no habita. Por allí parece comenzar el alumbrado.
Los poemas de Juan Ramírez Ruiz en su primer libro no lidian con lo indecible. Su poesía no se aventura a sobrepasar los bordes o las fronteras de la palabra. Su poesía se funda por el contrario en la creencia de que todo es decible, lo que en sus libros posteriores va a llevar a la práctica hasta el extremo. Pero en el deseo excesivo de decirlo todo se va encontrar con un borde de lo indecible. Está por constatarse si allí produce un acontecimiento, como con los “ojos de chisco quemado”, que anuncian otro mundo.
Santiago López Maguiña
UNMSM
U. de Lima.