
El pintor radica en el corazón de un estremecimiento continuo, de sus manos descienden imágenes que regresan de un prolongado viaje y sobre el lienzo las acumula para sembrar allí las semillas de la realidad.
Qué semillas?: figuras humanas contrahechas con la violencia, e incompletas, mutiladas o labradas con injertos de formas humanoides hasta que en el cuadro alcanzan una agitada palpitación trágica –que resultaría agobiante- si su excepcional destreza técnica y plástica, como un viento fresco no aureolara el descalabra o arrasamiento de la figura antropomórfica.
El pintor congrega personajes de horror, y sus cuadros son alaridos compactos como lingotes cromados, pero roídos por un fulgor feroz. Esta pintura duele. Mirarla entera cuesta el riesgo de no separar el ojo que decide perseguir el sentido total de la visión que el pintor reclina con trazos diestros –en avalancha rigurosamente piloteada- hacia un mundo de rotunda luminosidad zanjada con frenesí. El sufrimiento es oscuro y la pintura su reverso. Y qué?
Muchas veces –como ahora aquí en la obra de Carlos Alberto Ostolaza- la pintura es oscura pero aniquila la feroz luz del sufrimiento.
La pintura dura y sublevante, llama también a un silencio oscuro: ella acumula los estremecimientos de los días que los peruanos atraviesan para arribar a una nueva orilla; otro día semejante al anterior en sus vorágines de horror.
El ojo y la mente del hombre y la mujer peruanos están poblados por un torrente de imágenes de inaudito horror. Y los cuadros de ostolaza son –a mí criterio- su mayor y más profunda expresión.
Carlos Ostolaza dibuja, pinta y vive su color. Y sólo quien quiere romper la paradójica penumbra de sus cuadros –trizadas por irrupciones de una luz particular- educará al ojo que saldrá para borrar el fondo del horror con el cual la realidad nos cerca…
El horror, sin embargo, cesa. En la mirada humanizada de toscos los personajes de Ostolaza palpita una ardiente ternura que inunda de humanidad el tránsito hacia el aniquilamiento o hacia una nueva vida a la cual quizá arribarán. En esas miradas congrega también el artista su propia mirada nutrida con viandas de terror que las agónicas calles de esta ciudad nos sirven. Su obra se ha convertido en registro o testimonio de los desgarramientos que el tiempo actual inflige a los desheredados y pobres de Lima, la ciudad del gran dolor. Su "material" entonces es inagotable: sus cuadros congregan las emociones químicas y las sicologías torturadas de los peruanos de hoy. El horror tiene su pintor. Y la obra que conjura tal horror es también la de ese pintor.
* Escrito por Juan Ramirez Ruiz a mediados de los noventa (N. del editor)