Ni delante ni detrás de nadie este libro progresivo cumple con la tarea urgente de inaugurar el área de estudios de la obra de nuestro querido wayki Juan Ramírez Ruiz. Juan Ramírez Ruiz es autor de Un par de vueltas por la realidad, Vida perpetua , y Las armas molidas. Fue cofundador y teórico de Hora Zero. Cada uno de sus libros es un acto seminal. Un par de vueltas... articula el arte poética de su momento, Vida perpetua rompe con las formas tradicionales de la escritura y antecede, entre otras cosas, al texto abierto de la cibernética, y Las armas molidas son un profundo canto épico del Perú desde su vertiente indígena, en donde el poeta postula tanto un orden escritural basado en las tradiciones sígnicas indígenas, como la amalgama de las tradiciones amazónicas, andinas y costeras, que en este momento crucial tienen un rol clave en el futuro del Perú. El editor agradece a todos los que han puesto de su parte en este proyecto. En especial a Roger Santiváñez y a Marithelma Costa, y a todos aquellos amigos pasados, actuales y futuros del poeta. Los contribuyentes de este libro progresivo y perpetuo comparten la ausencia de Juan Ramirez Ruiz con sus familiares y seres queridos. Este duelo es eterno.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

MUERTE AL ANOCHECER / ENRIQUE SÁNCHEZ HERNANI


MUERTE AL ANOCHECER

Poeta iconoclasta, fundador del mítico movimiento Hora Zero en los setentas, Juan Ramírez Ruiz anduvo perdido por más de medio año. Su familia y sus amigos iniciaron una cruzada para hallarlo. Tras una larga pesquisa, la verdad afloró meses después de su fallecimiento, en diciembre de 2007. Juan había sido atropellado por un bus en la Panamericana Norte, a la altura de Trujillo. Enterrado como un NN, su familia luchó para trasladar sus restos a su natal Chiclayo. Su nombre ya era una leyenda en vida, la que se ha incrementado, ahora, con algunos capítulos improbables, de esos que proporciona la leyenda urbana. Ésta es la verdadera historia de su triste partida.

ESCRIBE: ENRIQUE SÁNCHEZ HERNANI

Faltando diez minutos para las 9 de la noche de ese 17 de junio de 2007 el poeta Juan Ramírez Ruiz se topó imprevistamente con todo lo andado en su camino. En menos de un segundo, como un filme letalmente veloz, tal y como cuentan acontece antes de la muerte, su vida transcurrió precipitadamente ante sus ojos. Kilómetro 515 de la Panamericana Norte. Una localidad llamada Virú, muy cerca de Trujillo. El destino hizo que el poeta cruzase la carretera aquella noche invernal, en ese preciso minuto. Precedido por dos faros turbios, un autobús de la línea América Express se le abalanzó encima. A Juan Ramírez Ruiz, fundador de Hora Zero, poeta beligerante, autor de poesía vanguardista, entonces ya no le quedó más vida para volver la vista atrás.
La última vez que sus hermanos Estefanía, Jesús y José Ramírez Ruiz lo habían visto en Chiclayo fue el 16 de noviembre de 2006. Unos días atrás, como ocurría en esos años con mucha frecuencia, había viajado desde Lima para visitar a su familia. En la norteña casa familiar, donde viven Estefanía y Jesús, el poeta tenía un cuarto a donde llegaba cuando le placía. Y también de donde salía en el momento que lo deseaba, sin dar cuenta a nadie de su siguiente paradero.
Aquella vez de noviembre, recuerda su hermano José, el vate estaba preocupado porque su vieja máquina de escribir se le había estropeado. Juan no usaba la moderna candelejonada de las computadoras. Él prefería las máquinas con cintas de carrete. Entonces José le regaló su antigua y portátil Olivetti. Juan, que trataba con las musas pero no con la tecnología, llamó a su amigo, el poeta chiclayano Carlos Bancayán, para que le arreglase la cinta, cosa que éste hizo.
El 16 de noviembre Juan —máquina nueva (es un decir) y designios desconocidos mediante— decidió volver a Lima a votar en las elecciones municipales y regionales del 17. Almorzó entonces con sus hermanos y sus sobrinos en la casa familiar. Por la noche, sus hermanas Estefanía y Jesús lo acompañaron a la agencia de transportes Mori, a que se embarcase. Minutos antes, Juan les había confesado que también quería ver a su hijo Juan Manuel, de 19 años, en Lima. Hizo adiós con la mano. Ellas agitaron el brazo. Nunca más lo volverían a ver con vida.

MUERTE SIN ANUNCIAR
¿Qué pasó entre esa noche del 16 de noviembre de 2006 y el 17 de junio de 2007 cuando lo atropellaron? Misterio. Nadie sabe explicar qué pudo estar haciendo Juan en Trujillo. El escritor Luis Rivas Rivas, que publicó una investigación sobre Juan en La Industria, señala que en Trujillo el poeta había sido visto por el periodista Nivardo Córdova, semanas antes del accidente. Alguien dio aviso a la familia y un conocido fue a buscarlo. No lo halló. Lo único cierto fue que Juan, cuando se encontró brutalmente con la muerte, no tenía documentos en sus bolsillos. Fue enterrado en el cementerio de Virú como NN y ahora su familia pugna por llevarlo a Chiclayo.
¿Por qué cruzó la carretera entonces? Otro misterio. El parte policial señala que aquella noche el vate no había bebido ni una copa. 0.0 gramos centígrados de alcohol dice el parte. La leyenda urbana, en todo el tiempo que se supo que Juan anduvo perdido, febrilmente buscado por su familia y sus amigos, decía que se había sumido en una bohemia radical. No se sabe si eso es cierto. Córdova sí le escribió al poeta peruano radicado en Alemania, José Pablo Quevedo, que aquella vez en Trujillo lo vio abandonado y distante, que trató de llevarlo consigo a su casa pero que el poeta se negó obstinadamente (1). Nivardo, dice Quevedo, hoy tiene una terrible conciencia de culpa.
La leyenda sobre el estado del poeta tiene su asidero en su radical forma de vivir en Lima. En la capital, Juan era un personaje que deambulaba habitualmente en el jirón Quilca. Era un parroquiano ilustre de bares como el Queirolo o Las Rejas. En los 80 hacía tertulia con otros bohemios de envergadura como los actores Hudson Valdivia o Grover Gambarini, también desaparecidos. Muchos escritores jóvenes se le aproximaban entonces a pescarle una idea al vuelo. Pero tal como lo cuenta Rodolfo Ybarra, eso no era fácil. Si no estaba con sus viejos conocidos, Juan entraba en un inexpugnable mutismo. Apenas contestaba el saludo mientras fumaba incesantemente.
Una vez en el Queirolo, Ybarra narra que tras tomarse todas las cervezas que pudieron y luego de pedirse dos medias “reses” (media botella de ron con cocacola), Juan lo retaba: “Tú no eres nadie”. “Yo soy un poeta”, se defendía Ybarra. “Yo soy el que lo soy”, retrucaba Juan. “Tú eres el leoncito poeta”. “Y tú el perro poeta”. Y así seguían, en un juego oral que Juan llevaba hasta la exasperación. Hasta que todo concluía. “Entonces, escribe nomás y no jodas”, le decía. Y terminaban abrazados, saliendo a la calle cuando ya mordía la madrugada.

CRÓNICA DE BARES
El pintor Carlos Ostolaza también lo recuerda así. Ostolaza, hoy retirado de la bohemia, mientras anduvo en los bares del centro de Lima fue un gran amigo de Juan, a quien conocía desde los 70, cuando éste fundó Hora Zero con Jorge Pimentel y otros poetas. Juntos asistían a cuanta exposición de arte hallaban y a cuanto bar encontraban abierto. Ostolaza cree que Juan incursionó en la bohemia por una decepción amorosa, por una chica que rompió con él tras años de amoríos. Mientras bebían, Juan lo hostigaba con hosca ternura: “¡Mírame a los ojos!”, le exigía. Pero nunca se fueron a las manos. Todo no pasaba de ese juego oral en el que el poeta siempre andaba.
El pintor sonríe cuando recuerda que una vez fueron a dar a la comisaría. Tras ir a una exposición de arte en Miraflores, en los 80, entraron a un café de la avenida Pardo con unos amigos, en la creencia que el anfitrión les pagaría la cuenta. Craso error. Los llevaron a la delegación de Jesús María porque en Miraflores ya no había espacio. Estaban el pintor Juan Alemán Ramírez, Juan Ramírez Ruiz, Carlos Ostolaza Ramírez, Hudson Valdivia y Grover Gambarini. “¡Qué es esto! —bramó el comisario—, ¿la banda de los Ramírez?”. Durmieron allí y al otro día, luego que un amigo pagó la cuenta, se largaron.
El testimonio de Ostolaza coincide con el dado alguna vez por Jorge Pimentel, su camarada poeta de Hora Zero. Cuando ambos decidieron fundar el movimiento, junto a otros vates jovencísimos, allá por 1969, se habían conocido en la Universidad Federico Villarreal, donde eran estudiantes. Tras simpatizar, salieron de la universidad para pasarse un día entero tomando café y hablando de poesía. Aún no era la época del ron ni de la cerveza. Ambos firmaron los primeros manifiestos del grupo y reclutaron a los demás. Del 71 al 73 Hora Zero vivía en comunidad, como hippies, en una casona de la calle Huancavelica, por la Iglesia de las Nazarenas. Pero Juan tenía un cuarto en el jirón Ancash, en un edificio destartalado y oscuro. Pimentel ha recordado que ya entonces Juan era reflexivo pero afable. Y que respiraba y sudaba poesía. Y que por esos años, se los llevó a él y a Enrique Verástegui a su casa familiar de Chiclayo, donde vivieron un tiempo amparados por la amabilidad de sus hermanas, para fundar una filial del grupo en el norte.
Todo eso ahora ha quedado para la leyenda. El poeta se ha marchado, tan imprevistamente como vivió, al borde siempre, con el corazón en vilo, con la poesía como una bandera gigantesca que nunca arrió.

(1) El poeta en efecto se alojo en la casa de Nivardo Cordoba para luego alejarse con dicendo "basta de homenajes". Al respecto ver entrada de Nivardo Cordoba en este libro. (Nota del editor)