
Las amadas armas de Juan
Julio Leon
La llegada de Colón a América es el resultado de un acto de coraje que venía acompañado del primer gran equívoco que se gestaría sobre estas tierras: Colón no sabía adónde iba ni cómo iba a regresar, pues erróneamente imaginaba encontrar las tierras de Cipango, error que nace influenciado por las lecturas de Marco Polo y la necesidad de encontrar nuevas rutas hacia Oriente (“Introducción” de J. Gil, Varela, 2003). Pero éste sólo fue el primer yerro. Con la llegada del universo Europeo al Nuevo Mundo, los desencuentros continuarían devastando este lado del mundo y aunque suene a exageración lo dicho por Todorov, que “el siglo XVI habrá visto perpetrarse el mayor genocidio de la historia humana” (15), la verdad es que, a la luz de los hechos de la historia, esta afirmación encaja con la realidad de los acontecimientos que se sucedieron a partir de los años finales del siglo XV . Sin embargo, de manera persistente y sin pausa, se ha ido labrando la América actual, hija de ese descubrimiento mutuo de civilizaciones diferentes. Es decir, en el caso de América y más específicamente de Hispanoamérica, todos somos hijos de ese (des)encuentro traumático que, todavía, en muchos pueblos de estas tierras no se logra resolver.
Largos siglos de dominio colonial han recorrido las feraces tierras americanas y, en ese devenir, el hombre de las civilizaciones nativas logró resistir el acoso y el cerco al que fueron sometidas sus expresiones culturales gestadas en milenios de sedimentación; esta resistencia significó transformación y adaptación que creó productos nuevos y singulares que se distanciaban, a la vez, de lo nativo y de lo nuevo, y se afirmaban en su originalidad. En muchos casos, como en el Perú, para no desaparecer hubo que romper el cerco, se tuvo que asumir la identidad del colonizador para, al asumirla, al mismo tiempo subvertirla y dar cuenta de esa voz subterránea que no ha cesado todavía de decir y de cantar. El resultado, en este caso, después de varios siglos de incesantes pugnas, es la modernidad asumida en la región andina. Desde entonces, múltiples son las voces que pueblan el horizonte cultural del hombre peruano: Wuamán Puma, Garcilaso, Vallejo, Arguedas. Y en estos últimos tiempos se yergue, desde el fondo de esa tradición, el canto limpio y sonoro, la voz épica del poeta Juan Ramírez Ruiz (Chiclayo, 1946- Trujillo, 2008).
Fundador con el poeta Jorge Pimentel (Lima, 1944) en 1970 del grupo Hora Zero, Juan Ramírez Ruiz aparece en la escena pública de la poesía peruana con su libro, Un par de vueltas por la realidad (1971), luego vendrá Vida perpétua (1978) y su tercer libro publicado en vida, Las armas molidas (1994).
En 1970, al momento de fundar Hora Zero, Ramírez Ruiz y Pimentel, lanzan un manifiesto, Palabras Urgentes, donde declaran su percepción de la vida, el mundo y la poesía. Allí resumen lo que ellos entendían ocurría en la poesía peruana y lo que, también desde su punto de vista, debería ocurrir: un compromiso vital de la actividad poética con la vida misma. En todos sus escritos, la poesía de Ramírez Ruiz ha seguido esta dirección lineal por lograr expresar el íntimo latido de su voz abrazada a su “trayecto de hombre momentáneo en la tierra.(pues) Todo lo que late y se agita tiene derecho al rastro” (UPDVPLR, 19)
Pero es en Las armas molidas donde, con un madurado oficio, Ramírez Ruiz alcanza una voz épica que hurga y persiste en dos tareas centrales que se impone: la (re)construcción moderna de un alfabeto primordial que exprese la particular cosmogonía de la América andina en los tiempos de la modernidad; y el rescate del olvido de una civilización milenaria otorgándole voz a esa “nación acorralada” de la que hablaba José María Arguedas (1911 - 1969). Es decir, devolver la voz a un pueblo milenario víctima, en su propio suelo, de la dominación política y económica y del desprecio cultural de siglos. El concepto de “la nación acorralada” de Arguedas o “la nación cercada” como la llama Vargas Llosa, citando a Arguedas en el “Informe de Uchuraccay” , (1990, 110, 112) se encuentra en el centro de dos interpretaciones diferentes. Para Vargas Llosa, es esa nación que va rezagada en la historia y camina hacia atrás, de espaldas a la modernidad y el progreso y a quien no le queda otra salida que incorporarse al empuje de las sociedades modernas. Estos pueblos deben eliminar las prácticas arcaicas y primitivas que contradicen la evolución de la humanidad; es decir, dar un paso al costado y desaparecer para permitir el ingreso del bienestar y el progreso. Son estos hábitos tradicionales y primitivos las causas que contribuyeron al asesinato de los ocho periodistas según este Informe. Contrariamente, para J.M. Arguedas, es claro que se trata de salvar de la extinción a un pueblo que es producto de milenios en la conquista del saber humano, y que esa “nación acorralada”, a pesar del cerco impuesto y de su arcaísmo, es un pueblo vivo que pugna por existir en condiciones de libertad y justicia.
La poesía de Ramírez Ruiz da y alza la voz por ese pueblo cuya sabiduría es el resultado de siglos de ejercicio de la inteligencia humana. Pero no es la voz de la nostalgia de un pasado esplendoroso que se añora por perdido lo que anima su canto. Nada más alejado del paradigma indigenista con su arcádica vuelta al pasado utópico que este canto de Ramírez Ruiz. Sin embargo, también toma distancia de la arrogancia moderna que sólo ve en el mundo andino atraso, primitivismo y miseria, y, por lo tanto, obstáculos para el progreso que hay que destruir y desaparecer; ocultando, de esta manera, las relaciones de poder y control hegemónico que subyacen en los afanes de modernidad sin justicia.
Desde el título, Ramírez Ruiz nos confronta con uno de los rasgos permanentes de la historia del Perú: la violencia que va implícita en toda arma, cualquier arma. Pero las armas son calificadas con el participio pasado del verbo moler, molidas, que significa triturar, destruir, desaparecer. Es decir, con el oxímoron, el título manifiesta la desaparición de las armas o, más precisamente, como veremos más adelante, el rechazo a la violencia ejercida contra una civilización como la andina y la amazónica, en su camino por recuperar la armonía perdida de un orden más justo, que es una necesidad, aunque ya no sea igual.
El texto está compuesto de un prólogo (que incluye los andigramas que el autor explica en el índice tres), tres partes y tres índices (uno, dos y tres) que culminan en un epílogo. Con 36 poemas la primera parte, 33 la segunda y 33, también, la tercera. En tres partes o espacios está dividido el mundo andino (Uku, Kay y Hanan), como el mismo poeta señala en el índice tres y que la aguda observación de Marithelma Costa, en un artículo en este mismo estudio, asocia con las tres partes de Las armas molidas. Cabe destacar, además, en el mismo artículo de Costa, el descubrimiento de la relación estructural de este texto con la Divina Comedia de Dante Alighieri. Con su particular construcción vanguardista, no está demás decirlo, el libro de Juan Ramírez Ruiz es un objeto de alto valor estético.
Como tal, todo el libro está elaborado para crear placer que asombra, pero un asombro que invita a pensar, no sólo por su original y complicada estructura, sino, además, por la valoración y rescate de la historia de un pueblo que sigue insistiendo por hacer escuchar su voz; una voz que sigue una huella de siglos. Para no olvidarlos los sigue llamando: “Cómo se llamaban los yanaconas los mitayeros/ los hatunrunas golondrinos a Manco Inca unidos…” (Primera parte, XVIII, 28). Y, aún cuando son muchos e incontables, no deja de nombrarlos para testimoniar el dolor: “Si no recuerdo cada una de las guerras/es porque son innumerables…-/y ese mar rompe mis caminos…/pero aún reteniendo los susurros/no olvidaré los alaridos…” (Primera parte, XXV, 54). Es el canto de homenaje a esos hombres anónimos que no aceptaron la destrucción y el vasallaje, y que surgen de la historia pasada hasta nuestros días, como las mismas voces que no se apagan: “Millones de golondrinos y mártires…millones…:/¡cómo-dónde nombro a cada uno de ellos!.../…¡hasta las briznas son pocas: no se puede/ay con ellas contar a todos los caídos!...” (Primera parte, XVIII, 34).
El poeta ofrece su voz a los caídos, a los desaparecidos y a los que aún están desapareciendo. Lo hace con firmeza, determinado a asumir su compromiso ético y vital. Es una poesía deliberada para crear perturbación en las tranquilas conciencias de quienes creen que en aquellas tierras no pasó nada o, si pasó, hay que olvidarlo, porque son los costos de la historia humana. Lejos de olvidar el poeta exclama: “¡Extinguidos! ¡Extinguidos! (…)/ Nunca se cansa la muerte –nunca/ (qué raro)/ no la llama nadie y viene-/ la llaman y viene…/”(Segunda parte, VII, 114.1, 115). Nombra a los que fueron: “Seetpsá se nombraban a sí mismos los Cholón/ Eran 4880 pero murieron cinco mil” (Primera parte, IX, 117); y nombra a los que quedan:
¡Resto del Futuro y Tamaño del Presente!
¡los Andoa somos 5 (sólo 5).- los Andoque 10-
los Omagua (como yo) 600.-
los Ocaina 250.- los Arasarie 22.- los Isconahua 280
o 500- como máximo.-
los Amarakeri 400.- los Iquito 150.- y también
los Arabela 150.-
los Huachipaeri 165.-
los Capanahua 150
y los Culina
o Medija
400- y no más- ninguno más!... (Segunda parte, XVII, 134)
Poemas que se originan en el dolor y que brotan como torrentes de lamento por lo irreparable. Irreparable, porque toda existencia es irrepetible y no se puede remplazar. Culturas que demoraron siglos, milenios en formarse han sido borradas y están siendo borradas en nombre del progreso y la modernidad. La defensa de la diferencia y la multiplicidad de los grupos humanos y las etnias se desprende de la vasta formación intelectual del poeta quien, a contrapelo de los afanes homogeneizadores y totales de los defensores del fin de la historia, surge para asumir la voz silenciada y apenas audible de estas culturas. Esta poesía está fuertemente influenciada por los corrientes del pensamiento antropológico que inician una ruptura con los estudios de Claude Levi-Strauss sobre las civilizaciones y las diversas formas que éstas tienen de captar la realidad para arribar a resultados similares, pues, “aunque reconoce la existencia de modos distintos de aprehensión de la realidad, encuentra que pensamiento mágico y pensamiento científico son el fondo similares” (López Maguiña, 54). Pues, más allá de las falsas denominaciones de primitivismo o salvajismo de las culturas bárbaras, se impone el rescate y la validez de grupos humanos que pugnan por vivir. Entonces se trata de vivir en la diferencia, para expresar la heterogeneidad contradictoria que señalaba Cornejo Polar (2003), al referirse a la multiplicidad de expresiones en conflicto de la realidad del Perú.
En el torbellino atroz de la historia peruana la violencia ha sido ejercida, casi siempre, desde el poder y acompañando el establecimiento o mantención de un injusto orden de cosas. Ramírez Ruiz les dice: ¡no!, no hay que olvidar porque se está repitiendo el dolor. Por ello, el poeta no es imparcial: ¿en qué guerra de exterminio puede alguien serlo? De ahí la decisión de silenciar -negándoles espacio y voz- a los “criminales” articulando una voz con una enorme carga imprecatoria:
Qué ciudad no fue nombrada por criminales
qué lar –qué pueblo- qué comunidad-
por qué entonces nombraré yo a los asesinos- por qué.
(Llévate –silencio- esa turbia legión
pues aquí nunca habrá letra para el nombre abominable) (Primera parte, XVIII, 31)
Testigo de su tiempo, lejos de huir del dolor cotidiano de los que sufren la injusticia, lo asume como una obligación y corre de inmediato a decir lo que cree se debe decir. La muerte y la violencia del tiempo que vive el poeta lo convierten en testigo excepcional. Desesperado por dar cuenta de la tragedia del momento teme no ser escuchado. Se vale, así, de esta frase coloquial que la vuelve poesía: “!Por esta luz que me alumbra! ¡Por este sol!/ !ruego por favor me crean!” (Tercera parte, VI, 202). Se vale de este juramento para crear repeticiones que resuenen por su carga dramática y la sencillez de su relato conversacional que persigue testimoniar lo abominable del crimen:
¡por este límpido cielo azul! ¡Por este suelo bendito!
¡Esto también es cierto!...:
Así como visto siempre: pantalón azul
camisa blanca –zapatos negros-
iba Cóndor Quispe por el Jr. Cañete s/n
y cuatro soldados de civil lo detuvieron
Fui al cuartel Los Cabitos: ¡silencio!
Fui a la Fiscalía: ¡silencio!
Fui al Palacio de Justicia: ¡silencio!
¡Ha desaparecido! ¡Javier Cóndor Quispe ha desaparecido! (Tercera parte, VI, 206).
En el Perú de los años ochenta, cuando la guerra interna ponía en el filo de la navaja las vidas de los habitantes del país, ejercer el oficio de periodista, era un riesgo que podía conducir a la muerte o a la desaparición, como en Uchuraccay, que mencionamos más arriba, y al que Ramírez Ruiz dedica el poema “El Meridiano Uchuraccay”; este poema está precedido por otro muy sugerente, por decir lo menos: “El Traidor y sus Bimestres”, donde apostrofa directamente: “tú –traidor- con el pie entero en la sangre/ y la cabeza partida en los caminos/ corrige no de espaldas sino de frente – a tu mente!” (Segunda parte, VII, 214). ¿Qué o quién es el receptor del “tú” que el poema apostrofa? Podríamos pensar en una referencia inexistente pero, en cualquier caso, es un traidor sangriento manchado por la sangre de otros (¿Uchuraccay?). Traidor que lleva el estigma de sangre de las víctimas y a quien en el último verso vuelve a apostrofar con el verbo corregir, que también quiere decir limpiar de errores; es decir, limpia los errores que te han encargado limpiar “no de espaldas sino de frente”, sin traicionar. Otra vez la pregunta vuelve a caer sola: si es la matanza de Uchuraccay lo que hay que corregir o limpiar, entonces, ¿quién se encargó de exculpar o limpiar las culpas de la matanza? Como dijimos más arriba hubieron muchas voces que se alzaron para acusar a las diversas partes involucradas en el trágico incidente, pero hubo una versión que se erigió como la oficial, pues al proceder de las altas esferas del poder - la que presidió el escritor Mario Vargas Llosa- tuvo la eficacia de imponer una imagen que pretendió limpiar la responsabilidad del gobierno. De este modo se establece un distanciamiento que el poeta provoca con el famoso escritor y que involucra las dos formas distintas de ver la vida y que son, en suma, dos distintas posturas éticas y estéticas.
Otro fue el caso del periodista ayacuchano, “Sr. Morales- Sr. Morales” (Tercera parte, VI, 209), o de Jaime Ayala, corresponsal en Ayacucho del diario capitalino “La República” a quien Ramírez Ruiz, al evocar su desaparición, lo invoca desde su oficio, el de Ayala contador de historias periodísticas: “!Cuenta Jaime Ayala – / qué está pasando en Huanta/ qué está pasando en Huanta!” (Tercera parte, VI, 207 A). Un oficio, por supuesto, de altísimo riesgo, pues al poder, a ningún poder, le agrada que se cuente la verdad.
Tiempos de dolor que el poeta no quiere ignorar pues lanza una voz que se convierte en un grito desesperado de socorro: “¡Otro mártir va a nacer!/ ¡quién ayuda!/ ¡quién viene y ayuda!/ (…) ¡Su retrato de nacido con los pies quemados/ y los dedos arrancados/ ¡de nacido con la lengua y los ojos cortados/ en San José de Secce/ en Sacsamarca/ en Cayara.” (Tercera parte, XX, 271-272).
Pero el futuro se ofrece luminoso, pues la tierra prometida está aquí, en la superación del tiempo del dolor, en el camino hacia Hanan, allí donde “se expresa la suprema culminación de los procesos del protoplasma, de la biósfera del cosmos manifestada en diáfanas teleologías producidas por el hombre…” (Indice tres); donde todos los seres de la naturaleza y la sabiduría antigua y futura tienen lugar y cabida:
No sólo el granito o el acero, también el láser
y sus ecos; no sólo las medicinas, también los frutos
y los gorriones y los ficus y los cerros
que no tan lejos vayan
ellos irán con nosotros
ellos siempre irán con nosotros
cuando vayamos a Hanan,
cuando vayamos a las armas molidas
nada útil quedará
en las casas que tendrán que derribarse… (Tercera parte, XXX)
Porque este libro está hecho para ser leído en el futuro de Hanan es que, en parte, se erige como un testimonio del pasado para que la historia se corrija y no se vuelva a repetir:
Mientras el cielo parcha con lluvia su silencio-
en el año mil 989 (hace 51 años)
en Vinchos- cantando se lloraba a los caídos…
Y mientras la lluvia- con tierra- su música apagaba.-
(hace 70 años)- en el año mil 989
en La Mar- el nacimiento de los mártires seguía…
Se acabó el año que recordaremos siempre-
se acabó- y ya 300 años fuera del s. XX habían pasado.
Pero nacieron los desaparecidos: / … / / … / / … / …
en el año que se acabó- y recordaremos siempre.
¡Eran tan nuevos- eran tan numerosos-
que no sé –aunque sea rotos- sus nombres incompletos! (Tercera parte, XXIX, 243- Ac)
Hanan es el espacio “la dimensión superior” que corresponde a uno de los tres planos en que se divide la cosmovisión andina. Desde esa dimensión que se origina en la particular cosmogonía andina proceden “las altas elaboraciones mentales y espirituales de todos los hombres” (Indice tres); y desde allí surge la voz nítida que expresa, como en todo el libro, al personaje colectivo que protagoniza lo central del libro. En el poema XXXI de la Tercera parte, “Los muchachos” es un homenaje a anónimos hombres jóvenes a quienes dota de una sabiduría y valentía esencial: “Pregúntale a los muchachos, pregúntale:/ ellos saben que los días no perdonan,/ ellos conocen que a en cualquier hora/ cae una jaula dentro del cuerpo/ que después incluso la respiración propaga…”; les da, además, una fortaleza que se nutre del amor, “porque la naturaleza los jala al amor puro”. Amor, valentía y sabiduría son virtudes que se encuentran en el otro extremo de la violencia y la guerra que ha cubierto la historia del Ande, virtudes que el poeta otorga a los jóvenes protagonistas del poema y los eleva a la condición de desbrozadores del futuro que viene “apurado”:
Pregúntale no qué agua rasguña la sed colosal
sino qué álgebras no mostrarán al firmamento
los nuevos valles que vienen apurados.
Pregúntales lo que harán los niños
con las lunas arrugadas
y con los luceros recogidos por el pensamiento
detrás y lejos de la carne de los sueños…
Pregúntale a los muchachos-
pregúntale a los muchachos…
Este libro es un canto escrito con una pasión desbordante que, como hemos dicho, tiene la intención de perturbar. Deliberadamente concebido como un alegato que clama justicia y que no brinda ni cede el menor resquicio a la neutralidad, pues en toda su extensión toma partido por la humanidad olvidada que ha construido la historia de su país. Cede la voz a los que nunca la tuvieron y trata de inscribirlos, con singular coraje, en la memoria del Perú. Leerlo es un recorrido nada complaciente con el orden que Juan Ramírez Ruiz había cuestionado desde sus escritos aurorales. Pero resultaría ingenuo decir que nada ha cambiado en el poeta después de una rica vida en escritura y reflexiones. Pues, a contrapelo de su terca e invariable vocación de justicia y desafío a la inequidad, se yergue esta vez, como una luminosa aura, la melodía y el sonido de un gran cantor. Un poeta maduro y seguro conocedor de su oficio que ha logrado construir, con este libro, un universo verbal que cautiva por sus imágenes y sonoridades y, con el cual, podemos entrever aquella dimensión de la vida que la cotidianidad de los días nos niega. Las armas molidas es un canto que nos transporta y nos conmueve y con el cual Juan Ramírez Ruiz ha sellado su ingreso a la inmortalidad.
Julio León
NY, mayo 2009
Este ensayo dialoga con el siguiente poema de Juan Ramirez Ruiz
LOS MUCHACHOS
Pregúntale a los muchachos, pregúntale:
ellos saben que los días no perdonan,
ellos conocen que a en cualquier hora
cae una jaula dentro del cuerpo
que después incluso la respiración propaga…
Pregúntale a los muchachos, pregúntale:
ellos saben que no se puede salir de la tierra
y que eso no es castigo
sino el perfume de un milagro inacabable.
Ellos (como debe ser) son fuertes
porque la naturaleza los jala al amor puro,
al amor puro posado sobre el suelo
como una piedra blanda
o un pájaro cordial recién llegado.
Pregúntale a los muchachos a dónde llegarán
quiénes están viajando, y qué encontrarán
los que están buscando.
Pregúntale qué color tiene la explosión,
qué sabor el trago de incendios.
Y dónde están ahora los 36 kilómetros de vía férrea
que la dinamita, de la Cordillera Negra, separó.
Pregúntale no qué agua rasguña la sed colosal
sino qué álgebras no mostrarán al firmamento
los nuevos valles que viene apurados.
Pregúntales lo que harán los niños
con las lunas arrugadas
y con los luceros recogidos por el pensamiento
detrás y lejos de la carne de los sueños…
Pregúntale a los muchachos-
Pregúntale a los muchachos…