Ni delante ni detrás de nadie este libro progresivo cumple con la tarea urgente de inaugurar el área de estudios de la obra de nuestro querido wayki Juan Ramírez Ruiz. Juan Ramírez Ruiz es autor de Un par de vueltas por la realidad, Vida perpetua , y Las armas molidas. Fue cofundador y teórico de Hora Zero. Cada uno de sus libros es un acto seminal. Un par de vueltas... articula el arte poética de su momento, Vida perpetua rompe con las formas tradicionales de la escritura y antecede, entre otras cosas, al texto abierto de la cibernética, y Las armas molidas son un profundo canto épico del Perú desde su vertiente indígena, en donde el poeta postula tanto un orden escritural basado en las tradiciones sígnicas indígenas, como la amalgama de las tradiciones amazónicas, andinas y costeras, que en este momento crucial tienen un rol clave en el futuro del Perú. El editor agradece a todos los que han puesto de su parte en este proyecto. En especial a Roger Santiváñez y a Marithelma Costa, y a todos aquellos amigos pasados, actuales y futuros del poeta. Los contribuyentes de este libro progresivo y perpetuo comparten la ausencia de Juan Ramirez Ruiz con sus familiares y seres queridos. Este duelo es eterno.

martes, 27 de octubre de 2009

Mis Recuerdos de Juan / Julio Leon


Mis recuerdos de Juan

Recuerdo una tarde en el Perú.
Recuerdo un atardecer decembrino el último año de los setentas con el calor pegajoso de la humedad limeña.
Recuerdo ese atardecer en el legendario Wony, el célebre chifa-bar adonde habían emigrado los bohemios del Palermo después de su caída final en el terremoto del 74. Yo estaba allí, sentado en una mesa del primer piso para mejor contemplar a la Chinita que nos servía el café o las cervezas, no importaba qué, porque lo que en realidad quería era verla de cerca para amarla más todavía. Estaba también Chacho Martínez, el poeta de Cotahuasi, que ya había conmovido al mundo con sus razones puras para comprometerse con la huelga de los maestros y estos lo adoraban por lo mismo. También estaba, bebiendo su café, parsimonioso y con oriental elegancia, Mario Wong, poeta, narrador, economista y después habitante de París, quien en ese entonces disfrutaba el anonimato de los inéditos. Los tres esperábamos… ¿qué esperábamos? No lo sabría decir con claridad, pero lo cierto era que, en aquel momento, los tres practicábamos la inútil felicidad de estar juntos, conversando de literatura y de aquella huelga de maestros que ya anunciaba los violentos vientos por venir. De pronto llegó un hombre joven, moreno, de pelo crecido, revuelto y ensortijado, con unos anteojos circulares que escondían una simpática timidez, y con una inconfundible pinta de poeta de mucha sabiduría.
-¡Hola muchachos! ¿Puedo sentarme? – dijo al acercarse.
-Por supuesto, maestro- respondió Mario.
Estrechó la mano de Wong y la de Chacho y cuando llegó hacia mí, Mario se adelantó a decirme:
-Julio, te presento al poeta Juan Ramírez Ruiz.
Tuve que sobreponerme a la sorpresa de escuchar un nombre ya conocido y estrechar la mano de quien más tarde había de ser un gran amigo y mejor compañero.
Yo había conocido a Juan de oídas o, mejor dicho, de leídas. Había leído Un par de vueltas por la realidad y “Palabras Urgentes” que me deslumbraron. Ese lenguaje urbano, desenfadado e irreverente que encontré en esos textos sintonizó inmediatamente con mi espíritu que buscaba formas expresivas nuevas, más cerca de lo coloquial y mucho más radical en el cuestionamiento del orden. Yo ya admiraba a Juan antes de conocerlo. Cómo, después de haber leído “El júbilo”, no rendirse ante un joven poeta que transmitía esa vitalidad sin freno. En este libro encontré a un poeta con el cual compartir una visión distinta del mundo y, después de este primer encuentro, al cómplice de muchas jornadas. Entonces empecé a conocer a Juan al compás y transcurrir de nuestras vidas. En ese tiempo comprobé que la de él era de una intransigente dignidad que muchos no le perdonaron. Su terca voluntad por mantenerse al margen y decir “no” cuando las cosas le apestaban, convirtió en cruel ironía su declaración juvenil: “Y tengo además un deseo: quiero recorrer el mundo”. Nunca pudo salir del Perú.
Cuando cerraron el Wony, esta vez por un terremoto económico, pues los dueños no pudieron comprar el local que se ofrecía en venta, sus nocturnos pasajeros nos trasladamos a los bares de al lado, en la calle Quilca, o Killka, como preferían llamarla los más jóvenes y rebeldes de aquellos días. Por aquel entonces, Juan y yo, ya compartíamos el saludable vicio de las largas conversaciones que nos llevaban por aquellos lugares y por la legendaria vivienda de la calle Ancash 444, en el mismo frente de la Plaza Bolívar, allí donde se hacían y se siguen haciendo las leyes y el circo para entretener el país. En esa vivienda del poeta, apilada de libros y revistas, fui testigo de un límpido furor que ahora recuerdo.
Recuerdo aquella lúcida locura de amor que se desató con furia y que le llevó a amar y ser amado. Recuerdo ese amanecer de un nuevo año en que me despedí de los amantes y, en la puerta del célebre Ancash 444, Juan me agasajaba regalándome con flores, cigarrillos y todo lo que encontraba en su mano; porque la alegría de sentirse vivo, de gozar el amor en plenitud lo volvía como un niño que no sabe donde esconder su felicidad. Aquel individuo que podía exhibir algunas veces modales agresivos y hasta groseros era en realidad un ser humano de una ternura infinita y una sensibilidad admirable. Aquella alborada de año nuevo partí dejando a la pareja y, mientras me alejaba, pensaba en los versos del primer libro de Juan que habían prefigurado la mañana que recuerdo: “y en mi habitación mientras fumo/ ayudarte a desnudar/ y luego amarnos con ternura/ como dos dulces/ y tiernos/ seres humanos.”
En la esquina de las calles Killka y Camaná, en el corazón de Lima antigua, en ese espacio que llaman el Damero de Pizarro, se encuentra, como un viejo y porfiado roble que resiste el avance de los nuevos tiempos, el Queirolo. El Queirolo, desde siempre, tenía (y tiene todavía) la mala costumbre de cerrar sus puertas a las once de la noche y, a esa hora, no teníamos más remedio que viajar calle abajo, a las Pancitas o a las Rejas, o a cualquier otro de los bares de la calle Kilka. ¡Cuántas veces hicimos con Juan ese viaje nocturno que nos hermanaba! Algunas noches acompañados por los poetas Róger Santiváñez o Domingo de Ramos, u otras por Grover Gambarini, que partió primero a las estrellas, acompañando al actor peruano Hudson Valdivia que ahora es una enorme fotografía en el primer salón del Queirolo.
Cuando el Chino Félix dirigía las Rejas, éste era nuestro bar preferido. Félix era un obstinado amante de la música de la Nueva Ola de los años sesenta y, por esa razón, muchos llamaban al lugar el Bar de los recuerdos, en remplazo de las Rejas que aludía a los barrotes que protegían la entrada. Lo cierto era que Félix, aunque no bebía un solo trago, se convirtió en uno más de nosotros y el lugar se llenó de afiches, anuncios e inscripciones culturales y, lo más grave, se llenó de deudas que nunca se pagarían. Allí vi a Juan, un día del año noventa y dos, en un recital de poesía que Mary Soto había organizado con el apoyo de los rockeros Raúl Montañez y Edgar Barraza, el mítico y carismático Kilowatt, para contra celebrar la llegada de Colón quinientos años atrás. Juan se acercó a apoyar el evento acompañado del pintor Alberto Ostolaza. Con una sonrisa tímida pero enorme, se instaló en la mesa de lectura y, en una de sus pocas apariciones públicas de sus últimos años, y ante la expectativa y asombro de muchos, empezó, con su límpida voz, a decir sus poemas al viento: “¡Juanrra! (grita un hombre joven)/ ¡Juanrra! (repite y corre…)/ (a un paso de mí se detiene…)/ (¡dos microscópicas lagunas rebosantes/ le nacen en cada ojo!)./ ¡Juanrra! (vuelve el grito)/ ¡Juanrra! (y me abraza…)/ ¡Juanrra! (“hermano-hermano”…)/ (¡Y las lagunas rebosantes desbordan sus orillas!)./ Yo soy Juanrra- y él Víctor Prado- Chafla-/ mi amigo que me creyó muerto/ y que ahora mismo me acaba de encontrar…”
Después de Félix, quien tuvo que huir de las fraternales deudas que contrajo, vino Tino. Tino era un joven y fuerte hombre andino que llegó con nuevos ímpetus, pero que padecía como su antecesor de un corazón de miel y, como Félix también, era un irresponsable de vocación sin la menor idea de cómo administrar un negocio. De modo que, en El bar de los recuerdos, las cosas no cambiaron mucho. Recuerdo que como parte de estos nuevos aires, Tino contrató una mesera cajamarquina muy guapa con la no muy secreta intención de atraer a los clientes. No pasaron muchas semanas cuando Tino terminó convirtiéndose en la víctima de su propio anzuelo: la moza de Cajamarca lo enloqueció de amor y el pobre no tuvo más remedio que seguir los designios de su demencia temporal. Recuerdo, entonces, una tarde con Juan Ramírez, sentados en el Bar de los recuerdos y hablando sobre la posible edición de Las armas molidas. Estábamos solos y veíamos el paseo nervioso de Tino de un extremo al otro del bar. Estaba también solo y abandonado por su mesera amante. De pronto, se acerca y nos dice:
-Muchachos, por favor, cuiden un ratito el bar; si viene alguien le dicen que ya regreso enseguida.
Estuvimos varias horas sin saber qué hacer mientras los clientes llegaban y se iban confundidos por la ausencia inesperada del dueño del bar. Luego, ya cansados de tanta espera, salimos a buscarlo y lo encontramos en la cantina de enfrente bebiendo sin consuelo por la ingrata que se fue. Aquel día, recuerdo, conmovidos por la desgracia de Tino lo ayudamos a cerrar el bar y nos fuimos a beber los tres con la decidida esperanza de que ella vuelva y se deje amar con toda la pasión de estampida del nuevo dueño del Bar de los recuerdos.
En aquellos años el Perú era un caos; la guerra interna sacudía el orden y golpeaba a todos. Y mientras la dinamita tronaba y hacía tambalear a Lima, el solitario habitante de Ancash 444, construía un universo de palabras que había de estremecer con la fuerza de un huracán: el poeta escribía aquellos años Las armas molidas. El cantor cantaba para espantar a la muerte y el horror. Recuerdo aquellos días cuando el mundo se venía abajo y las balas o la desaparición eran una cotidiana compañía. Días de desconcierto y violencia. Juan no sabía callar ni apartarse a un costado y como hombre de su tiempo hacía lo que sabía hacer: empeñó su creación con un compromiso ético que vibra en lo íntimo de su poesía: “Pregúntale a los muchachos, pregúntale:/ ellos saben que los días no perdonan,/ ellos conocen que a en cualquier hora/ cae una jaula dentro del cuerpo/ que después incluso la respiración propaga…/ Pregúntale a los muchachos, pregúntale:/ ellos saben que no se puede salir de la tierra/ y que eso no es castigo/ sino el perfume de un milagro inacabable/…”
Recuerdo la última vez que lo vi en el Yacana, otro bar en el corazón de lima, un año antes de su muerte, pero ahora Juan se ha ido para siempre. La vida se le acabó, inevitable, como todo lo mortal; pero de él nos quedan sus versos que ahí están, brillando e imperecederos, compitiendo con la inmortalidad. Yo estoy aquí, recordando y escribiendo sobre él, sobre algunas de las cosas que vivimos juntos, y no logro convencerme todavía de su partida, pues imagino que lo voy a volver a encontrar alguna tarde sentado en algún bar de Killka y vamos a beber un pisco y fumarnos un cigarrillo, acompañados de algunas bellas muchachas, de aquellas que no envejecen jamás porque han sido tocadas por el sonoro dardo de algún poeta que las amó. Pero Juan ha hecho su viaje a las estrellas y esta tarde, mientras leo sus versos, habita pertinaz en mi recuerdo, donde ha decidido quedarse para siempre.

Julio León. NY, 12/12/08


Este testimonio dialoga con el siguiente poema de Juan Ramirez Ruiz

UN DIA Y UN POETA
Sin vanidad ni modestia
no delante ni detrás de nada
y nadie;
sabiendo que no hubo y que no habrá
otro
como cada uno de ellos,
un día y un poeta
cruzan juntos
la semilla del Perú.

La oscuridad hendida
indica Kay: excursión excepcional
y el rumbo que conducen
señala
…cada cual sabe dónde va…
… ´´ ´´ ´´ qué trae…

El día avanza firmando los rincones
y trajeando –veloz- las superficies.

El poeta firma incendios perfectos
y criaturas interrumpidas completa.

Sosegados por el amor bravío
van de cosa en cosa
y ninguno olvida qué falta
y qué no falta fuera y muy dentro
de la semilla del Perú.

El poeta limpia los materiales
que el día trabaja
y el día con ellos deja la melodía
que nunca en ninguna semilla falta.

El poeta reúne las partes más lejanas
y las une con las maneras de curar:

en la luz colocada en, sobre la noche,

cuando llega el sonoro resplandor
arrulla las casas,
pone con ellas el día que falta
y después se va en con la sangre del número
y después regresa en por la carne de palabras…

¡El tu mi Perú próximo Hanan, escucha
a la luz que tiene sus vergüenzas,
al ojo pleno de virtud no conocida
y a la paz que funda lo sagrado!