
Este viento cargado con sonidos de vidrios verdes o la poesía cargada de sentido de JRR
En poesía suele ocurrir que la leyenda se entromete en la obra del poeta para cargarla de significado. Es el caso, en el Perú, de Luis Hernández, Maria Emilia Cornejo y Josemari Recalde, quienes se suicidaron o murieron en un accidente. Juan Ramírez Ruiz falleció en 2008, el fundador del movimiento Hora Zero allá por los años setenta junto con Pimentel y Verástegui, murió en condiciones extrañas, en el abandono total. Un día, Juan enrumbó hacia Chiclayo, su ciudad natal, y nunca más fue visto con vida. Juan Ramírez Ruiz se fue en su ley, de la misma manera como pasó sus días apartado del glamour y del éxito, en la soledad y el retiro. Así lo hicieron también los maestros del budismo Zen, Matsuo Basho entre ellos, el creador de bellos haikús y exponente de la poesía japonesa en su más alta pureza no contaminada por el afán de progreso ni por el marketing, como sucede en los tiempos que corren.
A propósito de la atracción que siente el lector por la poesía de quienes murieron trágicamente, en Lima ya se han publicado dos antologías de poetas suicidas peruanos dentro de la vertiente lírica de la autodestrucción del yo procedente del expresionismo alemán. La voz más representativa de esta corriente poética en Latinoamérica es Alejandra Pizarnik cuya poesía breve, de combinaciones extrañas, cala hondo últimamente entre los jóvenes lectores. Quizá esta fascinación se deba a que somos aún herederos del romanticismo europeo: “El sentimiento de lo prohibido, anejo a las tentaciones prometeicas, se mezcla sordamente a toda la poesía romántica desde Hofmman y Nerval hasta Baudelaire y Rimbaud” –escribe Albert Beguin en un libro clásico que deberíamos releer para no olvidar que-: “Casi todos los que se han lanzado a la aventura han vuelto a la ‘rugosa realidad’ enriquecidos con todos los tesoros de las profundidades, pero convencidos de que los límites impuestos a nuestra existencia actual no se pueden traspasar sin que sea castigada la osadía”. (Albert Beguin, El alma romántica y el sueño, FCE 1981 p.483).
Somos lectores neorrománticos, pero también surrealistas. Del romanticismo nos ha quedado la transgresión, la nocturnidad; del surrealismo el amor por los encuentros fortuitos y el deseo de cambiar la vida, pero sobre todo de vivirla de acuerdo a un ideal poético. Nuestros mentores siguen siendo los poetas malditos, los frailes caminantes, los estudiantes trotamundos. Ese ideal de vida está a la base de los muchachos de Hora Zero y se expresa en su poesía al “cargar el lenguaje de significado hasta su más alto grado” conforme el objetivo propuesto por uno de sus grandes maestros, el norteamericano Ezra Pound.
En uno de sus primeros poemas JRR escribió
este viento cargado con sonido de vidrios verdes
El verso es parte de “El Júbilo”, poema antologado por José Miguel Oviedo en Estos 13 el año 1973:
Atención, éste es el júbilo, éste es el júbilo
huyendo del silencio, viene, viene, se queda,
limpia, éste es el júbilo, el silencio le huye.
Elfina tú decías no, pero está conmigo
tómalo en mis ojos, en mis manos. Elfina
deja la tarde en la calle, avisa y que vengan,
que se alejen de las ofensas, que descuiden la
acechanza, el improperio, la alevosía,
aviso, dilo y abandona las oficinas,
corre, ven con todos, corre, separa tus dedos
de las máquinas sumadoras, cierra, cierra,
los libros, los llaveros, los insultos, éste es el júbilo,
éste es el júbilo, reconócelo Elfina, éste es el júbilo.
Este que se aleja de la redondez del cuatro,
de la punta involuntaria del cinco
o del alambre que sigue al viento. Este es el júbilo,
éste es el júbilo, este viento cargado
con sonidos de vidrios verdes, éste es el júbilo,
y conmigo está mirando la tarde. Entro en los pechos,
en las frescas canciones, entro, éste es el júbilo,
esa música, esa abundancia, ese relumbre
que dejo caer sin recogerlo, éste es el júbilo,
reconócelo Elfina, éste es el júbilo.
(El énfasis es nuestro)
En el poema los versos en cursiva logran transformar el lenguaje de un poema que denuncia una situación social particular gracias a los medios que ofrecía Pound para intensificar los efectos del lenguaje, como bien anota Kevin Power en Una poética activa: la melopeia, la fanopeia y la logopeia: “Melopeia significa crear correlaciones emocionales por medio del sonido y del ritmo de la frase (…). Fanopeia es la poesía que proyecta los objetos (en reposo o en movimiento) sobre la imaginación visual”. Power equivale el procedimiento al de la técnica impresionista. De otro lado, “la logopeia crea los dos efectos de la melopeia y la fanopeia al estimular las asociaciones (intelectuales o emocionales) que han quedado en la mente del receptor en relación con las palabras o grupos de palabras que se han empleado realmente”. (Kevin Power, Una poética activa, Centro Cultural Ricardo Rojas 2004, pp. 25,27)
El poema de Ramírez Ruiz dejaría de ser lo que es si no hubiera potenciado su lenguaje con una imagen cuya musicalidad radica en la combinación de las vocales abiertas y cerradas, en el ritmo sincopado, pero sobre todo en la impresión visual y las asociaciones cognitivas y emocionales que logra en el lector este viento cargado con sonido de vidrios verdes.
De la misma manera y con ecos vallejianos los siguientes versos Este que se aleja de la redondez del cuatro,/ de la punta involuntaria del cinco/ o del alambre que sigue al viento/ después de jugar con el absurdo y las correspondencias simbolistas alteran la visión cotidiana en los versos sobre la dimensión y naturaleza de los números, alcanzando de ese modo inmenso significado gracias al impacto de la sorpresa con un verso también magnífico por insólito y rico en asociaciones: o del alambre que sigue al viento.
Para ello no es necesario recurrir a lo mórbido, al fatum, ni a la autodestrucción del yo; para ello solo hace falta cargar el lenguaje de sentido. Además de los medios que sugiere Pound, el surrealismo introdujo la visión de los sueños, aunque sin la hegemonía de las sombras del romanticismo más radical.
Pese a su elección de vivir apartado de los aplausos, Ramírez Ruiz, por el tenor de su obra poética, no era un ser nocturnal sino luminoso.
Apollinaire, Breton, Pound y Ginsberg están detrás de la poesía simultaneísta, pero también de la vertiente experimental en la obra de JRR. La poesía de la generación llamada del setenta en el Perú se desenvolvió alrededor de dos ejes: la desesperación y la locura. En “Paradero”, por ejemplo, estos ejes están presentes a través del verso de largo aliento y de tendencia contestataria, estilo que se impuso durante la dictadura militar de Juan Velasco Alvarado, cuya ideología populista vía la Reforma Agraria y nuevos aires de la educación se propuso una sociedad más democrática e inclusiva, aunque de todo ello quedó un inmenso caos que desataría luego un largo y sangriento enfrentamiento armado.
En cambio, en el poema “Rostro de muchacha”, los versos se intercambian, mutan, se yuxtaponen las imágenes; el poema consta al final de una guía de aplicación.
Para Abraham Moles, en El lenguaje y los problemas del conocimiento : “La creación es un proceso; ya no es una emanación”. En la poesía tradicional, el poeta partía de una idea –según Moles- , de una cierta atmósfera o expresión de una sensibilidad para poder entrar en los moldes de la retórica de su época: el soneto, el cuarteto, la elegía.
El poeta moderno, por el contrario, busca una forma material. El juego esencial, para Moles, “se ubica en el nivel de la señal sonora, las palabras son objetos, cosas rodeadas por una nube de sentido que los lingüistas representan mediante el conjunto de sus posibilidades de asociación. El poema es un resultado y tiene que ver con el conjunto de reglas que el poeta se impone”.
Como en los poemas de Enrique Verástegui, su compañero en la fundación del movimiento Hora Zero, es evidente el influjo del movimiento OU LI PO (la escritura por computadora). Los versos en “Rostro de muchacha” de Ramírez persiguen a una nueva mujer más allá del tiempo y el espacio. El poeta le recuerda al mundo que él le ha mostrado el esplendor de su rostro y a cambio aquel le dio “una ciudad de rojas sombras cristalinas”. De nuevo, y trascendiendo el esnobismo oculto en términos como moderno y experimental, el impacto de la sorpresa nos conmueve a través de un verso rico en asociaciones: “una ciudad de rojas sombras cristalinas”. Es el golpe de gracia al sentido común, al sentimentalismo de toda denuncia; ello debido no a la cifra elegida conforme lo indica la guía de aplicación al final de “Rostro de muchacha” y como parte integrante del mismo, sino a la energía del poema, “una energía modelada”, según Kevin Power, que hace al poema ardiente de necesidad.