
Elegía a la muerte del poeta Juan Ramírez Ruíz
Juan carlos Lazaro
Palpablemente
tu inolvidable cholo te oye andar
César Vallejo
El silencio absorto de las flores amarillas,
o de las ferreterías encadenadas a sus propios clavos,
o de las pisadas sin huellas que avanzan hacia
ningún lugar, me dice que aún esperas en
una estación de transporte de provincia,
donde la lluvia y la niebla lo humedecen todo,
aún los vestidos blancos de las novias abandonadas
y las pipas invertidas de los jóvenes iconoclastas.
Pero ahora vuelves a casa, Juan, te estoy mirando,
llenos los bolsillos de objetos indescifrables y de
cuadernos de versos más secretos todavía,
extraídos acaso de tu comunión con las piedras,
aunque ávidos de primavera y de sol.
Es todo tu equipaje, pero cantas y repites
“¡este es el júbilo!”, mientras rebuscas entre
tus libros deshojados
y en una esquina de la ciudad entierras
una lámpara amarilla siguiendo el ritual
de los funerales indígenas.
Cómo iba yo pues a llamarte por tu nombre
entre tanta gente cuerda y lógica,
cómo iba a seguirte entre las cabezas inclinadas de
los académicos y los funcionarios,
cómo iba a decirte sin que me arresten los policías
que ciertas constelaciones giran en mi cuarto,
y que en las noches de verano cultivo un girasol
como quien prepara un viaje a la Luna.
Pero el joven iconoclasta que vino del norte
no solloza por los relojes que detuvieron sus agujas
ni por los manifiestos que palidecieron tras
el diluvio y el viejo siglo.
Escribe de prisa en el reverso de las puertas
de los palacios que perdieron sus sombras
y busca debajo de las huacas el Gran Libro
de aquel tiempo sin edad.
Está solo y mojado por la lluvia, delira,
y a última hora corre a comprar un boleto
de viaje interprovincial.
(17 de junio de 2008, primer aniversario de la muerte de JRR).