
El eterno placer de la palabra
ante la complejidad de la escritura
(Walter Ventosilla)
“Aún estaba viviendo esta tragedia cuando me salvó un acto de naturaleza insólita: el descubrimiento de la palabra en la voz. Allí comenzó una relación mística con la vida a través de la palabra, una peregrinación hacia la identificación de la vida humana. Era un obsesionado por convertirlo todo en escritura”.
Juan Ramírez Ruiz
El placer de la creación hace mucho tiempo le fue arrebatado a los dioses, y cayó en el mejor terreno fértil que podía haber sobre la tierra: el arte, y de allí se bifurcó hacia ese espacio donde convergen todas las vidas, pensamientos, sentimientos, así como también todos los tiempos; ese lugar común de los testigos del todo y la nada no es otro que la poesía. Y a través de este llamado género recaló, recala sólo en algunos pocos poetas, en los elegidos por aquellos que dejaron caer ese don que se hizo mortal para ser devuelto como inmortalidad efímera, aunque suene a contradicción. Puede todo esto sonar a ficción literaria, a alegoría de lo intangible, pero sólo es la siguiente pulsación de la emoción, el segundo inmediato de la sorpresa ante las páginas de un libro o de una poética que se atreve a subvertir la palabra y al intrincado tema de la lógica discursiva para verse frente al reto y al espejo de la totalidad creativa.
Juan Ramírez Ruiz era un pasajero de estos tiempos cuando decidió crear su propio laberinto sígnico. Y como tal respondió al atrevimiento de inducir su lenguaje a que camine o transite por terrenos de la metafísica creativa a partir, a su vez, de las señales concretas de un cultura que lo sustrajo de la propia, y ante la cual se debió y entregó como el Uku instintivamente humano y luminoso que quiso ser, el elegido de todos aquellos, el que pudo fijar la palabra, sentarla frente a sus dudas para destruirla y volverla a crear en un lenguaje que lo encontró, desde sus primeros atisbos de poeta integral, frente a un primer libro al que alguna vez tituló “Un par de vueltas por la realidad”. Iniciaba así el derrotero que lo llevó a convertirse en el ideólogo de un Movimiento poético y, a su vez, de una generación crítica y criticante al enfrentarse deliberadamente a los orígenes de la palabra y de la construcción de ésta, precisamente como pretexto poético que buscó ubicar al versador artesano en la misma vertiente de un inevitable proceso social: el suyo, el de los otros, el de los ajenos y el de los demás.
Ese placer de la creación, que no es otro que la destrucción de lo establecido con la violencia de la lucidez y del instinto, se rebeló aún más profundamente cuando estuvo él mismo frente al proceso de Las Armas Molidas, su último libro que hoy lo sobrevive y nos sobrevivirá. En esta destrucción-construcción de una poética ambiciosa la palabra y un nuevo sistema de lenguaje, llámense signos, símbolos o logogramas, reunidos genéricamente en Andigramas, como un sistema de comunicación labrado en el transcurso particular de la hominización (evolución humana) andina, parecen surcar por un mismo río que atraviesa la historia, incluida la amazónica, orondo, caudaloso, altivo, afectuoso, atrevido, subversivo, necesariamente invasivo que muestra sus dos vertientes, dos espacios, dos orillas a la sombra de un mismo hombre y su ambicioso postulado: La poesía total. La misma que convirtió a Juan Ramírez Ruiz en su mejor asceta, sacerdote o altomisayok, un yachaq cuya sabiduría, en apariencia, difícilmente ha podido ser hasta ahora entregada a otros artesanos de la poesía; por lo tanto, el mejor acercamiento de quienes nos hemos quedado vestidos de mortales -aún más que él-, ha sido, es a través de todos los intentos por decodificar un atrevimiento, una aventura, un entramado de palabras y signos gramaticales que envuelven cada grafema, letra, sílaba, palabra, verso o página nacidos de las provocativas “paligadas”, piedra angular, semilla sígnica del portento poético ramirezseriano. Sobre esta, sobre aquella verbalización y escritura que nos fue dada con la llegada de occidente y la cultura judeo cristina, se mueve el otro cosmos metacomunicativo, aún más único y total que emerge festivo, presente, vivo, jugando, despertando del tiempo del olvido y mirando a los ojos de su propio y de todos los universos a través de los redescubiertos Andigramas. El poeta abre, desnuda, así las capas de un Mallki espiritual, en busca de esas huellas que despierten la, su memoria ancestral para hacerla visceralmente intelectual en el desarrollo de la cúspide de su poesía integral. Allí, extraordinariamente viva, aparece esa vertiente de grafías, signos y metalenguajes que devienen de otros como una concatenación de mundos y universos infinitos que se inventan y reinventan caprichosamente en Alfagramas a partir de una sola matriz: el propio Uku subjetivo e instintivo de su atrevido cosmos poético.
En esta laberíntica indagación emocional y personal, Juan Ramírez Ruiz encuentra el camino, la luz divina de las chaskas y le arrebata sabiamente el entramado tetrasimbólico a esa matriz universal simbólico-semántica de números y códigos para edificar el, su lenguaje inmanente a la sombra de sus propios Apus o divinidades ancestrales, a quienes recurrió y a quienes les robó el tejido de las significaciones para plasmarlos en versos gráficos, luego de quizá darse “Un par de vueltas por la realidad” del Hanan Pacha, aquella dimensión suprema, metafísica y mental de la cosmogonía andina que le dio las claves a través del descubrimiento de los ya mencionados Andigramas, gran herencia iconográfica andina que late viva en telares, cerámicas, quipus y que el poeta rescata, no del olvido, sino del Kay Pacha –mundo terrenal– de hoy, del espacio tangible, palpable, observable de la cultura que sobrevive y de quienes, parece reclamarnos, que debemos de aprender a escuchar la voz, la palabra, o sentir el pálpito que se nos ofrece en la destrucción-construcción de ese enfrentamiento entre el lenguaje ancestral de arriba (Hanan) y el lenguaje de abajo (Hurin) que nos fue impuesto cultural y socialmente –fácilmente decodificable por nuestro idioma castizo–, en un libro total, integral y único como “Las Armas Molidas” que se atreve a graficar aún más las palabras y sonidos, cuando estructura un nuevo laberinto significativo visual a través de la fonematización de su propuesta alfagramática.
Y qué del otro contenido, de aquella otra vertiente del mismo río en que se estructura “Las Armas Molidas”, de aquel discurso que puede caminar vital e independientemente de la construcción poética alfagramática-simbolocosmogónica-tetracomunicativa de la propuesta de poesía integral ramirezseriana. Allí se desarrolla la tragedia del hombre habitante del Kay Pacha enfrentado a su propia historia y a su existencia. En ese espacio lógico y lineal el poeta se inserta, armado sólo de su mundo interior humano, de su instintivo Uku, para observar como un viajero del tiempo y a la vez como un personaje sumergido en el devenir de la historia social de un Perú desmembrado que él pretende integrar, reconstruir, con un nuevo lenguaje que nos cuesta asumir a los mortales que quedamos varados en este discurso de la vida. En ese lugar ajeno y propio que él crea para nosotros, envolviéndonos sin remedio, discurren más claramente sus postulados de la poesía integral, la cual desarrolló a plenitud en aquel momento de su vida creativa y siguió, sigue plasmando en este momento de su inmortalidad poética. Si bien es cierto que la ruptura con los planos lingüísticos se dan como algo fundamental, el “lenguaje sencillo, popular, directo, duro y sano en la capacidad de expresar toda la energía de una experiencia latinoamericana en un lenguaje latinoamericano” (sic), al decir de su propuesta de poesía integral, sí se engarza dentro de la lúcida comprensión verbo-poética de este Hurin o vertiente de abajo en contraposición al antes mencionado Hanan u orilla de arriba, delimitado también por el espacio físico del papel donde se inserta gráficamente su poesía en “Las Armas Molidas”. Son dos espacios filosófico-mentales que nos obligan al reencuentro con lo, a veces, burdamente terrenal y con lo profundamente sagrado.
Su “edificio verbal” llega al piso más alto de las pretensiones ideológica-creativas que se hayan registrado hasta hoy en la poesía peruana. Es un universo inalcanzable si no se lee el libro como un portentoso ensayo poético inmerso en las luchas del hombre entabladas en el espacio dialéctico, reitero, del Uku (mundo interior) y el Kay Pacha (mundo social) moviéndose en los ciclos del Hurin (espacio-tiempo) y bajo las dimensiones universales del Hanan Pacha (mundo supremo, mágico y espiritual creador de la vida). De esa manera puede llegar hasta nosotros la presencia de un hombre viajero, testigo de su historia relativa y objetiva desde su más dolorosa individualidad y sensibilidad. Es alguien que ha observado con la mirada del tiempo los vasos comunicantes que engarzan a las raíces de una cultura con su historia y aún con las trágicas huellas de las heridas que dejó la guerra política de los años ochenta, espina que aún sacude a la sociedad peruana.
El hacedor de la palabra deja un legado convertido en un nuevo universo que crece en anillos infinitos desde la mínima unidad del grafema lingüístico hasta la más intrincada elaboración de un sistema de símbolos que pudieron darle un solo lenguaje a Babel, si acaso le hubiera tocado ese tiempo de vida. Crea y deja una estirpe de integración para un país diversificado que insiste en atomizar aún más sus contradicciones. Destruye la herencia poética que recibió para convertirse en el hermano mayor que nos recupera el don de decir la palabra y la capacidad de aprender a escuchar al silencio.
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